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Decepción: ¿culpa de otros, o nuestra?

Decepción: ¿culpa de otros, o nuestra?

La palabra decepción, por definición, está directamente relacionada con otra que ocurre previamente llamada expectativa. Ambas siempre van de la mano, pero cuando la expectativa no se cumple sólo se tiene en cuenta la otra. Lo mismo ocurre con el desengaño, cuando para que exista tiene que haberse sufrido primero un engaño. Y en ocasiones, estas emociones que se tienen en cuenta por no haberse cumplido las expectativas son provocadas por uno mismo.

Todo el mundo, cualquier persona, puede decepcionar, puede no cumplir las expectativas que otros tienen sobre ellos. Y cuando esto sucede, la responsabilidad suele atribuirse casi siempre a la persona que a decepcionado, a aquella que “no ha cumplido” algo a lo que no se ha comprometido por sí misma, sino que otros han esperado que lo cumpliera.

Un ejemplo de esto lo vemos a menudo en el mundo del deporte. ¿Cuántas veces un jugador de un equipo de fútbol o baloncesto ha sido el héroe en un partido, dos o tres, pero sólo con uno en el que su actuación fuera desastrosa se convertía en el villano? Seguro que la lista podría llenar páginas. Esta clase de decepción, la que se da en el deporte de élite, puede ser especialmente virulenta y nociva, afectando con un alto nivel de estrés al deportista.

No debemos caer en el error de considerar las expectativas algo perjudicial o negativo, pues son necesarias para mejorar nuestra vida y la de nuestros seres queridos, mejorar y evolucionar. La presión puede ser beneficiosa para esforzarnos por evitar que otros se decepcionen, y ese esfuerzo hace que mejoremos e incluso tengamos éxito, con lo que nuestra propia vida se ve beneficiada.

Lo que es negativo y perjudicial son las expectativas demasiado elevadas, y las injustificadas, que son las que vician las relaciones.

Cada uno de nosotros vemos la realidad y el mundo de una manera diferente, y eso hace que no podamos saber con exactitud en cada momento lo que se espera de nosotros. Por eso es irracional no sólo “linchar” a quien no cumple las expectativas de otros, sino también a quien se niega a hacerlo.

En la sociedad actual las relaciones ya no son como eran hace tiempo (tanto las de pareja como las familiares y las amistades). El círculo de amistades no cambia ni se abandona al contraer matrimonio y tener hijos como ocurría hace algunas décadas, las redes sociales han cambiado nuestra vida y las personas cada vez son más diferentes entre ellas. Pero las expectativas siempre se tienen y las decepciones son cada vez mayores.

En un mundo que cada vez es más social siempre existe la obligación de entender, aceptar, comprender a los demás, y ayudar a quien lo pida. Pero también existe la (importante) obligación de aceptar, entender y comprender que no todos tienen que estar a nuestra disposición, y además muchas veces no pueden. Si logramos encontrar el equilibrio entre ambos conceptos la vida de todos, tanto nosotros como los demás, será más sencilla.

En un mundo social tenemos la obligación de esforzarnos en comprender a los demás y ofrecer nuestra mano a quien la pida, pero también estamos obligados a entender que no TODOS pueden estar SIEMPRE a nuestra disposición. Con el adecuado equilibrio nuestra vida será mucho más sencilla.

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