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La vergüenza, una emoción oculta que hay que aceptar y entender

La vergüenza, una emoción oculta que hay que aceptar y entender

La vergüenza es una de las denominadas emociones sociales, grupo en el cual se encuentran por ejemplo el orgullo y la culpa. Y alrededor de ella gira un cúmulo de emociones relacionadas a ella por afinidad como son el ridículo, el pudor, la timidez, el bochorno, el rubor o el recato.

Todo este grupo de emociones cuya definición tiene cierta dificultad pero tienen en común desarrollarse debido a la presión social, reciben el nombre antes mencionado de emociones sociales. Y entre todas ellas, la vergüenza es la más destacada. Se puede decir que es la emoción social por excelencia.

Esta emoción, aunque sea totalmente normal en el ser humano, no es algo con lo que nacemos sino que se aprende, y de hecho en el desarrollo de los niños es la emoción que tarda más en aparecer.

La vergüenza es una emoción negativa hacia uno mismo. Y dentro de ella distinguimos tres tipos:

  • La que se siente cuando se ha hecho algo mal o moralmente reprochable.
  • La que se siente al hacer el ridículo.
  • El tercer tipo procede de la literatura española del siglo XVIII, y es la vergüenza ajena, la que se siente cuando quien hace algo impropio, reprochable o moralmente erróneo es otra persona.

Esta emoción puede tener matices diferentes dependiendo de la sociedad y la cultura de la persona que la siente.

Aceptarla y entenderla
La vergüenza no es algo que pueda calificarse como malo o bueno. Lo importante es lo que cada uno hace con ella, de manera que si se reconoce y de acepta, utilizándola para mejorar uno mismo y ante los demás, tiene efectos positivos. Cuando se trata de vergüenza moderada, beneficia a las relaciones y al autoconocimiento. En cambio, cuando se convierte en algo patológico y tóxico puede resultar limitante para la persona y provocarle una constante ansiedad.

Por ello, tenemos que saber aceptarla, entenderla, y evitar que se convierta en una influencia negativa en nuestra vida diaria. Y para ello podemos seguir ciertos pasos:

  • Tener paciencia.
  • Ser conscientes de la vergüenza, así como de aquello que la provoca.
  • Conocer los recursos que tenemos para defendernos.
  • Investigar el origen de la vergüenza.
  • Aceptarla como algo común a todos los seres humanos, que cualquiera puede sentir.
  • Plantarle cara mediante metas positivas basadas en nuestra competencia y autonomía.
  • Autorecompensarnos por los progresos realizados.
  • Buscar ayuda si lo necesitamos o si no podemos lograrlo solos.

Antes de cambiar la vergüenza, debemos aceptarla, igual que en muchos otros problemas. No desaparecerá “porque sí”, ya que es una emoción dolorosa, y tampoco podemos hacer que desaparezca a la fuerza.

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